Julio César JiménezMálaga, 1972. 10 novedades en página de portada desde el 27/03/09: ►Elige tu último aniversario, de Raúl Díaz Rosales ► Los lugares públicos, de Franscisco Onieva ► Fallece nuesto amigo y compañero José Antonio Padilla (1975-2009) ► Se presenta la nueva novela de Antonio Lara Ramos, La renta del dolor ► Camilo de Ory y Julio César Jiménez cierran el ciclo Versos y Estrellas ► Julio César Jiménez gana el XVI Premio Ciudad de Las Palmas ► Nuevo número de Robador de Europa ► Homenaje poético a Francisco González Pedraza ► Fallece el poeta, novelista y periodista Juan Manuel González ► Nuevo número de Paradigma dedicado a Lo Femenino [DESLICE HACIA ABAJO] ↓↓↓↓↓↓↓↓↓↓↓↓↓ |
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Alguna prosa. Encuentro con El Bola (o breve historia de una paliza) [Tema Alguna prosa]![]() No puedo elegir esta violencia interior, Bola.Forma parte de ese peculiar proceso que Wallance Stevens llamó sabotaje a la realidad[1]. Aunque claro, tú no sabes de lo que hablo. Estás demasiado ocupado entendiéndote con tu resuello, poniendo en orden tu organismo, apaciguando el pulso, tu corazón de rata enorme. Aunque insisto; me gusta ese tal Stevens. Es una referencia para quien no sabe con exactitud lo que quiere. Míranos a nosotros, a ti mismo tendido sobre este hirviente paso de peatones. Crees que todo el mundo es demasiado civilizado para ti, que ser el héroe del barrio reporta más felicidad a ti y a tu familia, que ésta —tus hijos y tu esposa—, aplaudirán lo que eres capaz de hacer conmigo, con cualquiera que brevemente te mantenga la vista o te hable con sentido común. Stevens —este tipo del que te hablo— advierte sobre la manera de estar legítimamente furibundo, o, para que me entiendas mejor, sobre la manera de tener éxito resolviendo así, con esta aparente furia inútil, los asuntos que tratas cotidianamente, los que rodean tu vida. Stevens justifica su violencia a la presión de la realidad desde un íntimo lugar de resistencia, desde el centro de uno mismo, desde el momento en que uno decide hacer saltar la piedra de bóveda del templo lógico, desde la misma individualidad artística. Pero tú no me entiendes. Ni siquiera me oyes. Lo único que te interesa aquí, en este instante, alargado sobre esta sartén en el asfalto, sobre esta intersección recién pintada desde la que nunca pensaste tener una perspectiva tan cercana a un parachoques, es el cómo que está pasando esto.El caso, Bola, es que has venido al mundo y, aunque parezca mentira, la gente debería agradecértelo; hasta yo mismo debería hacerlo por ayudarme a comprender qué es lo que pinto en él. René Char —a quien tampoco conoces— decía que lo que viene al mundo para no perturbar nada no merece ni consideración ni paciencia. Pues bien, por lo que tú me ofreces a mí te justificas sobradamente. Eres una suculenta muestra de generosidad, un regalo de tu cuerpo al de otros, una condición sin la cual no podrían seguir siendo lo que, por ejemplo, somos algunos. Pero sigues sin entenderme, y no importa. Basta con que estés por aquí abajo junto a mí, ridículamente pegado a mi clavícula, intimando con mi pecho, aullando como un perro al que le pegaron fuego.Aunque para los transeúntes signifiquemos jácara y diversión (un nudo, por ejemplo, de hormigas ciegas que asa el alquitrán), desde hace unos pocos latidos hemos empezado a obviar el riesgo real de peligro, algo que uno piensa que nunca le ocurrirá. En mi caso solo puedo decir por ahora que me escurro por dentro del mono de trabajo, y en el tuyo que el sudor te cuece el lomo desnudo (recuerda lo que le hiciste a tu camiseta). Alrededor, la vecindad se mantiene alejada, sobrecogida, mirando con curiosidad pero agarrada fuertemente a su rutina. Mujeres y niños, desde las ventanas (recuerda cómo chillaste) no olvidarán nunca la exhibición de hoy, tu discreción de gladiador urbano. Pero atento. De pronto se me viene la suerte encima y saco con el sigilo que permite una situación de este tipo, un método antiguo y exótico que te permitirá oírme mejor, que nos tranquilizará a los dos y hará comprender lo asombroso de nuestra presente situación, mi furia hermosa, el placer de entendernos sin esfuerzo, aquí, en tu barrio, donde nadie me conoce.Este método no dolerá por ahora. Aún no ha llegado a tus codos. Mientras me abro paso hasta ellos pensemos en esa gente que se mata por ahí con comodidad (a tiros quiero decir) o con ayuda de la química. Tú y yo, en cambio, míranos de nuevo: estamos inusitadamente soldados, recuperando una sensación más primaria de la que pueda producir cualquier respetable y original oxímoron, cualquier escurridiza enálage, cualquier inusual unión de signos solitarios en el calor de un hogar, sobre un tranquilo escritorio como sobre el que luego escribiré todo esto. En cualquier caso, ahora, en este solar de fuego, durante el primer notorio declive de mi juventud, desempolvando una velocidad y una pericia no merecedoras ya de mostrarse en público, eres mi más importante poema.Pero volvamos al asunto. Todo te parece ir muy rápido mientras a mí me falta tiempo para disfrutarte (el semáforo, por ejemplo, que no me ayuda ataviándose de verde demasiado pronto). Un claxon nos desata. Te zafas, te levantas. Corres mirando hacia atrás. Te dejas el sudor en mi axila, tu colgante egipcio entre mis dientes, tu discretísimo anillo de oro engastado en la madrevieja. No entiendes que te necesito, que debo hacerte comprender porqué tengo todo el tiempo del mundo para esperar tu disculpa, para que entiendas el sentido de suplicarle perdón a aquella mujer que atropellaste.Huir le hace a uno ridículo (alguna vez, cuando me vea en la ocasión, escribiré sobre ello); de hecho, tus caderas fusiformes te hacen asemejar un pinnípedo. Te observo con delectación, me embriago con tu carrera inútil. Me pregunto qué te dirá el pecho (tal vez que como sigas así, lo descorcharás), qué probabilidades hay de conseguir cobijo en la panadería de la esquina donde conocen a tu mujer, o si consideras la posibilidad de que no te seguiré, es decir, que para qué buscarme una ruina si todo esto podría pararlo una palabra, un signo exterior.Pero todo eso no ocurre, y nos abrazamos de nuevo. Un matrimonio anciano –con quien luego me disculparé- amortigua el encuentro. Esta vez me sorprendo a mí mismo apartando con mi boca tu grasa joven, hurgándote tras los cartílagos, frenando tu corazón con mis manos. Oigo tus pulmones suplicándote aquél verbo de disculpa, tus rodillas, tus manos temblorosas. Pienso en el tiempo que nos permitirán continuar así y te lanzo una teoría: el que lo hayas llevado tan mal desde el principio, que tu apariencia de enorme ogro fuliginoso te haya estado ocultando la mala salud, que te descuidaras comiendo como un cerdo, que te relajaras después de tanto tiempo tragando niños más guapos que los tuyos (tanta carne blanda), o clavando a sus padres en las papeleras, o engalanando tu coche con las denuncias de la administración. No te fijas ya en la cara de la gente, en los que aún no son tan civilizados como para obviar las probabilidades de ruina que tiene el peligro a desenfundar humores.Entonces dejo, como me exige una señora del público, la cháchara a un lado (vaya con la vieja), y sobre la acera, antes de llegar a la panadería, descubro que estoy sobre una montaña de carne. ¿Qué más puedo pedir? La gente —conocerás esta sensación— ladra detrás. Los ancianos, con las caras moradas, enmudecen. Por abajo tu esposa me muerde en un muslo y estruja como puede lo que encuentra; por eso algo explota bajo mi vientre y el dolor —lo sé— me durará toda la noche; un recepcionista de hotel me sujeta por el cuello; fuerzas plurales, al fin, nos transportan por el aire. Pero suplico un minuto más, una última y breve porción de suerte, de paciencia, la suficiente para que entiendas que tú eres el único que se lo estaba tomando en serio, que a mi no me importaba en absoluto la señora atropellada o si la policía no iba a necesitar abrir tu expediente criminal para saber quién eras.A ti, Bola, popular camorrista de distritos, maestro tirapetardos, viejo conocido del juez de menores, espécimen que vino al mundo para perturbarlo, para apagar fiebres extraordinarias..., algo en este mismo instante, aquí mismo sobre estos dos inocentes jubilados, te cruje por dentro. Mírate los codos. Dinosaurios de terciopelo (entrevista a José Infante)![]() I. Sobre los de la especie Ya me había acercado a alguno de estos ejemplares en alguna ocasión. Para quien desprecia el trato con la gente (este mismo, por ejemplo, que escribe aquí), ya es bastante el que esta suerte de conocimientos de luxe le propicien una enriquecedora, inusual y emocionante experiencia. Haber alcanzado, por poner algún ejemplo amigo, las últimas manos temblorosas de Valente José Ángel, las costillas incendiadas de la Alhambra desde el studiolo sagrado de Guillén Rafael, el mismo culo adolescente (ahora ya de mi esposa) que en una ocasión Hierro José alabó entre el tumulto, o el idéntico moridero de Madrid sobre el que Hernández Antonio había tendido su famélico estómago de posguerra, es, sin duda, anécdota para unos y privilegio para otros. Para mí (el de un escritor que no saca nada bueno de escribir) ni una cosa ni la otra: acaso un grato recuerdo que acompaña. II. La cita En los mismos salones del hotel (el que le venda los ojos a la catedral), mientras rumiaba caramelos de recepción, esperé convenientemente mi turno. Los de la prensa ya se marchaban, pero antes de cambiar esa misma tarde de espécimen social y conseguir la conveniente fotografía, le sugirieron qué postura adoptar junto a la luz de la tarde. Como si fuera el último de una manada de paquidermos nostálgicos, a José Infante, mi entrevistado, quien presentaba esa misma noche su último libro de poemas, le fueron tirando a matar con los objetivos. Reveladas mis referencias, pude comprobar que a mi lado, aquel amable hombrecito de negro tapaba al menos el cielo. Con una pequeña mesa de cristal metida entre ambos, nos sentamos frente a frente, con las voces a la misma altura. Entonces pidió al maitre para los dos.
III. Trabajo de campo He tenido suerte en lo que llevo vida. He mordido algunas luces codiciadas por el hombre, acariciado soles, vientres hermosos... ondeado pequeñas leyendas (como bragas de oro o reputaciones de plomo), sostenido con la boca el brillo de otros, asistido a inquietantes confesiones científicas, explicaciones ridículas del mundo, maravillosos segundos bautismos. He asistido a íntimos alumbramientos de niebla, discursos estérilmente prodigiosos, etopeyas catárticas... así hasta dar con este tipo de hombres que, con dos pozos en la cara, le van robando la sombra a las cosas. De ahí que diga que, a mi manera, soy un chico con suerte. Pero a lo que iba: decidí no confesar el no haber leído el libro objeto de nuestro encuentro, aunque por ese extraño pudor que provoca la delicadeza en el trato instruido o, -¿por qué no decirlo?- el que eso no le importara demasiado, no me preguntó. En cualquier caso, y sin que hediese a lisonja, hice entender en algún momento de la entrevista qué tarea tenía reservada para esa misma semana, o incluso qué era lo que, varios años antes (abusando del efecto que un poema diestramente susurrado puede producir en un oído impresionable) le daba a las mujeres: ¿cuántas veces cavé en un escote regalando al oído Eterna rosa, eterna nada?
IV. Cuando habla Algo roto sonaba en su voz manoseada por la desgracia, como un órgano reparado con prisas. Su áspera pero tenue exhibición fonética pulverizaba la vida de la flora en el salón, la de los ojos de algún perro de bolso, o la de los que subían en el ascensor cogidos de la mano. Que yo recuerde, toda ella, en su íntimo esplendor de bruma, era más perceptible cuando no miraba hacia ningún lugar. -Decía Wilde que había dos tipos de escritores: el que sólo se define por su obra y el que lo hace por su vida... -Yo me definiría con el segundo tipo: he antepuesto siempre mi vida a mi obra. Digamos que mi obra es el resultado de mi vida. Totalmente. -¿Haces tuya la famosa frase de Lessing «ante mí tengo toda la eternidad»? ¿Qué valor le das al tiempo? -El paso del tiempo en mi obra es muy importante, yo diría que es el de toda ella; lo que pasa es que este paso del tiempo, según la edad, se siente de una manera o de otra; por ejemplo, en Elegía y no, mi segundo libro, el tiempo está muy presente, a pesar de que ahora, cuando releo algún poema del mismo, veo que en realidad es un sentido del tiempo que no tiene demasiada diferencia con el que tengo ahora. Dicho de una manera muy ingenua, uno está empezando a descubrir lo que significa, ya sin esperanza y sin ningún tipo de paliativo (que siempre en otros libros había tenido algún resquicio, ya podía ser la ironía o el estoicismo ante algo que no se puede variar), pero que ahora en cambio se ve como una cosa que antes de nacer ya la hemos perdido. -¿Tiene que haber un conflicto interior, una especie de conditio sine qua non para que el poeta cree una obra más que digna? -No necesariamente; en realidad hay una poesía del goce. Lo que sí es verdad es que en la literatura española es poco frecuente este concepto; lo que ha habido en todo caso es un conflicto entre la realidad y el deseo, por decirlo con palabras de Cernuda, y una cierta tradición de la literatura del desengaño que pienso que es muy importante (quizá la línea temática más importante de la literatura española) y que indudablemente tiene un referente en Cervantes cuando dice «El tiempo pasa, las ilusiones crecen, y los sueños se desvanecen»; yo la llamo literatura del desengaño, e inunda prácticamente, como digo, toda la literatura española; hay pocos poetas de la alegría y del goce en la poesía española, incluso en la novelística... -¿Y en el paso de una a otra concepción no se percibe en tu caso una cierta brusquedad? -Bueno, podemos decir que mi poesía nace de ese conflicto, de ese contraste entre lo real y lo ideal. A pesar de lo que se pudiera creer, no soy pesimista, aunque estoy de acuerdo con Morabia cuando decía que los optimistas son idiotas; en todo caso yo añadiría que un pesimista es un optimista bien informado. En ese sentido no me parece que una persona con una mediana inteligencia no pueda ser feliz en el mundo (a no ser que sea un inconsciente), y no ya por la vida personal de uno, sino por todo lo que nos rodea; de hecho hay que ser muy inconsciente para ser hoy día feliz, o refugiarse en un caparazón para que no te afecte todo lo que te pasa, aunque tú, en tu vida personal, seas medianamente feliz o estés más o menos conformado o adaptado a las pequeñas parcelas de felicidad. En medio de un discurso de esta clase no hay lugar más seguro para el poeta que el que especula con su propia obra. Infante parecía estar más relajado en su campo, en su opinión acerca de su poética: mientras mi lengua patinaba en los sótanos de mi boca, la suya derrochaba cuerda como una polea recién engrasada. -¿Es el grito de lo tremendo lo que le hace grande a uno? -Puede ser, pero no necesariamente; el grito proveniente de lo tremendo o dirigido hacia él puede quedarse en eso: en un grito; éste tiene que ser expresado de una forma lo suficientemente intensa y profunda para que a mayor aguijón usado, más grandeza se traslada al poema, aunque hay que advertir -insisto- que tal grito se puede convertir en un simple rebuzno. -¿La poesía debe ser una mimesis o una tesis? -Creo que es una mezcla de las dos cosas; de todas formas, toda obra debe ser lo suficientemente abierta como para que invite a la reflexión al lector, que hasta podría ser contraria a la del autor. -¿Y fin o instrumento? -Para mí, instrumento; nunca fin. Y ello porque de alguna forma, y aunque suene pretencioso decirlo, el lenguaje es un don (al igual que lo es la voz para el cantante), incluso a veces no llegamos a saber qué graduación de don tenemos, o hasta qué punto nuestra voz -nuestra palabra- es intensa, algo que solo te vas enterando con el paso del tiempo. El lenguaje poético -al menos para mí- está por encima de cualquier otra cosa. En ese sentido creo que se es poeta por destino, y no por decisión, algo, por cierto, que se nota en la obra de muchos... Por eso creo que la palabra es un don, hasta el punto de decir que el acto de escritura es un tanto sadomasoquista, pues por un lado duele escribir, y por otro, cuando se acierta con el poema no cabe duda de que es una satisfacción (aunque conlleve un proceso doloroso, a veces incluso físico). A este respecto no creo, por ejemplo, que en La casa vacía se diga algo nuevo acerca del dolor, el amor, o la ausencia de éste, mas bien creo, en todo caso, que se trata de una diferente forma de decirlo, ya que en realidad los poetas tienen tan solo tres o cuatro grandes temas de los que hablar. -Se ha escrito bastante sobre tu pertenencia o no a grupos y/o generaciones poéticas, en concreto a la generación del 70 o también llamada «del lenguaje», ¿qué puedes decir sobre este asunto? -Generacionalmente -y eso uno no puede evitarlo por el año en que ha nacido- pertenezco a ese grupo de escritores de los años 60-70, en los que aparecen los «novísimos», y la «generación del lenguaje» (...) pero siempre me he considerado -y así lo he expresado anteriormente- un «poeta-isla». No obstante hay factores en común con la «generación del lenguaje» como son el deseo de libertad de la imaginación, la riqueza del léxico, un cierto culturalismo, un cuidado especial del lenguaje... Sin embargo, nunca me he sentido, por otro lado, parte del grupo de los «novísimos oficiales». En contraste con éstos, los novísimos andaluces, escrupulosamente añadidos por generación, hemos expresado una cultura vivida, y no libresca como es el caso de los autores catalanes. Todos bebimos de Cántico, de Cernuda, de Aleixandre, pero con una diferente lectura; en el caso de Cántico, los catalanes creen que todo en ellos era palabra, sin ahondar en lo que su poesía expresa y lo que su cultura significa, vivida antes que otra cosa: por mucha cultura y preciosismo verbal que aquellos autores tuviesen, el tono autobiográfico es el dominante. Así pues, los catalanes y los valencianos, los llamados nueve novísimos, banalizaron mucho este aspecto de Cántico. -¿Sigues pensando, como ya lo expresaste en otra ocasión, que la ironía y el escepticismo son las únicas formas de subsistencia poética? -Sí, porque si alguna vez pensé que a esas se les pudiera añadir el amor, ahora no lo pienso. Actualmente estoy escribiendo un libro de poemas satíricos, muy duros, que se llama El dardo en la daga -cosa que quizás ahora ya no se hace, pero que se hizo, como sabes, en el siglo de oro-. En ese momento desembarcó en nuestra mesa, intentando ocultar tras un traje plúmbeo Jean Paul Gaultier todo su interior sonrosado, el director del Instituto Municipal del Libro. Tras sus elegantes aspavientos de galán maduro se escondía una genial obra narrativa. Era el verdadero anfitrión, el que traía a Infante, el master del encuentro, el mismo que, atraído por aquel inocente trivial poético, solicitó un turno de pregunta: -(...) ¿Crees que de alguna manera tus poemas son más espontáneos y menos hijos de una época, de un contexto o de una referencia cultural? -Bueno, en concreto, quizá este último libro, La casa vacía, ha nacido de forma muy espontánea, sin preocuparme casi nada de la forma; ha nacido así por la imposición del dolor con el que ha sido escrito. Ya se nos había echado la tarde encima. Sólo faltaba por llegar -y allí estaba ya- el hombre que había firmado mi salvoconducto para estar con ellos. Otro dinosaurio más. Su pulcro sentido de la discreción y aspecto de ciudadano ejemplar no tenían nada que ver, en mi humilde opinión, con el trueno encerrado en su obra. -¿Me da tiempo a sentarme o nos vamos ya? -soltó a la vez que un resuello. Antes de que Infante se recogiera, quise hacerle una última cuestión cuya respuesta esperaba que coincidiera con la mía, como si quisiera legitimarme con un eco. -¿Por qué motivo habría que dejar de escribir? (y con esta frase le advertí el final de mi entrevista) -(...) Desde el momento en que esta actividad no es un deseo, renunciaré a ella cuando cese en mí la necesidad de realizarla. V. El viso del director, la secretaria voluptuosa y el gallinero. Zanjado ya mi cuestionario (no transcritas, por espacio y por deseo de mi interlocutor, la totalidad de las preguntas) e ingeridos los simpáticos bebedizos, nos pusimos los cuatro (yo con cuidado de no ser pisado por una pata suave) en camino del Instituto del Libro, allá al final del Parque. Tras una primera invitación del director a disfrutar desde su despacho una vista privilegiada, y otra segunda de su despabilada y glamorosamente neumática secretaria (no corresponde aquí -aunque quiera- un retrato de la misma) con fin de informarnos de las últimas publicaciones de la institución, todos nosotros, junto a otros tantos admiradores de Infante, pudimos oír al fin, con su propia voz, apretados al fondo de la sala, los esperados poemas de La casa vacía. © Julio César Jiménez, 2006 Apuntes sobre el estremecimiento (I)![]() uno: sobre el destello Qué hermoso derroche indagar en los motivos de la creación. Qué admirable, inútil y cansado descubrirlo uno mismo, confesarlo desde la propia experiencia, esperarse a que uno mismo se explique. A medida que crece una mayor despreocupación por el modo de hacerle entender al mundo el significado de lo que se crea, van surgiendo preguntas sobre el porqué de continuar escribiendo sin una clara causa inmediata, acabando productos a través de un espíritu sin caducidad que no encuentra la fuente definitiva de eso que produce. Esta idea, despreciable o no, superada o no, procede, más que de un intestino dictamen, de una situación personal en la que al artista se le acaban los móviles que hasta entonces capturaron su ánimo, bien dormido, bien expectante, de manera que sería capaz de asegurar (si se me excusa emplear este lenguaje altisonante) que tal pensamiento cobra sentido porque se le agotan al ánimo aquellos estímulos más previsibles: lo que sin remedio le deslumbra. En cualquier caso, y siendo escrupulosamente realistas, cualquiera podría decir también -y de hecho debería decir- que para un alma impresionable (de las que, por ejemplo, justifican este discurso) no hay demasiadas alternativas contra el destello, salvo cambiar de vida o adorarlo sin condiciones, a pesar de que esos rápidos y felices hallazgos de lo creativo -los frutos literarios, se entiende- no sean sino los intermediarios de lo inescrutable. Pero es que estos es lo que hay, pues explicarse a través suyo y confinarse en sus efectos circunstanciales más o menos demoledores manifiesta el anticipo de una incomprensión que ha pisoteado, por citar algún ejemplar, el corazón de un viejo Goethe amando hasta el fin de los años sin comprender que su amada criatura deslumbrante (la joven Ulrika von Levetzow, constituida como mero objeto alejado de unos ojos creadores que la iluminen) no tuvo nada que ver ni con el producto lírico resultante (una sorprendente y categórica Elegía de Marienbad) ni con el objeto adorado en el poema (la descripción de unos valores femeninos que no necesariamente han de tener fiel reflejo con los de la amada) mostrado al resto del mundo (los lectores). En este punto cabe hablar de un creador sin fin, de uno que ostente un producto inacabado con un espíritu -conditio sine qua non- incansable, granítico. Y el espíritu, esta peculiar ánima, germina a partir de un momento de quiebra de la centelleante causa tópica, cercana, previsible, o lo que es lo mismo, cuando toma relevo en el momento creativo esa templada reflexión que no puede explicarse porque alberga todo amor, sea pasado o futuro, aristotélico o platónico, y ya no abrace clarores que no habiendo languidecido ayer, ahora lo hacen frente a una propensión hacia la creatividad incondicional a prueba de todo deseo en bruto, del labio que, retador, sitia antes al corazón que a la obra. dos: hay que tener algo de suerte Teniendo algo de ella, con criaturas estelares termina uno topándose. Se va rodando por ahí hasta que se encuentran, hasta que un delicioso ideal suspirado se pone al alcance de las manos. En ese tirante ángulo de la vida, embriagador instante en el que se apresura uno a desempolvar algún frágil proyectil fascinador, se encuentra la oportunidad de una nueva fortuna, tal vez la mejor ocasión para definirse a uno mismo. Por el contrario, hay ocasiones en las que vemos cómo algunos esperan exclusivamente a que la vida les ponga boca arriba sus secretos, ignorando que el más grande de esta reside en buscarlos, en buscar su belleza bruta. Aceptarla como gran oportunidad podría traducirse para el desafortunado en un exquisito sufrimiento de frustración, y para el estúpido en el de la avidez, pues al igual que ocurre con el agraciado, el héroe y el opulento, a aquellos también les son reveladas las mismas oportunidades; la diferencia se encuentra en que estos últimos, capaces de cometer los pecados mas maravillosos y la proezas más inservibles (pero las más necesarias), pueden dejar de vivir en una incesante renuncia de sí mismos. Así que, para no dejar de ser franco, uno tendría que reconocer que siempre necesitará una pequeña oportunidad de maniobra incluso con independencia del esfuerzo por convertirla en propiedad (la propiedad que, naturalmente, está contenida en la adoración). El poeta danés Julius Nielsen, republicano, compañero de andanzas de Stephen Spender en sus viajes por la España septentrional en la guerra civil, confiesa haberse enamorado en el peor de los tiempos, aunque su poco agraciada figura le impidiese finalmente ser mejor correspondido. Confeccionar entre zanjas pequeñas hazañas poéticas dirigidas a un amor indolente ya es bastante para alcanzar el placer perfecto (en el caso de que este consista en todo aquello que, siendo exquisito, le deje a uno insatisfecho). De noviembre de 1936 data este poema, que, aunque algo extenso, merece la pena recoger: En estas calles cavan trincheras de fuego. Al llegar el invierno aíslan los cimientos de las casas y levantan candentes adarves contra un helor que descorteza rostros y troncha llamas. Se reúne la gente y troquelan los restos del ocaso. Lo talan para que encaje sobre los tejados, para que sigan teniendo memoria de cielo. Por eso cuando uno llega aquí por vez primera y ve todo este espectáculo hecho por los hombres entiende porqué la sangre se le desenfunda en un íntimo desmantelamiento de los ojos, porqué el cuerpo no solo se le descose desde fuera. Entonces yo era el que llegó aquí, y reconozco ahora no haber visto nunca tanto invierno plegándose hacia sí, tanto de él albergando cualquier recuerdo de calor que explique la historia de algunos cuerpos privilegiados. No lo he visto porque aquí mismo, donde el fin del mundo, donde el frío nace y las piedras representan las entrañas de la nieve, donde la naturaleza no ofrece asideros geográficos y la geometría del amor carece de vértices, donde nunca ha tenido nadie que demostrar tanto para ser amado, jamás le pusieron tantas condiciones de espesura a una palabra irreversible, a unas manos como estas que no saben soltarse del todo. Así es que, por todo esto y todo lo que no sabré jamás, por detener la juventud con la duda del que apuesta con todo, por quedarme aquí después de volver al lugar de donde vine o hacer de una gran caída pequeñas acrobacias lingüísticas, por bajar a este bello y devastador origen del invierno, a estas galerías con teseos perdidos y minotauros desmemoriados, he traído mis propiedades más hermosas e inútiles: algo para escribir que me soporte a mí y al tiempo y a esta criatura solar sobre mi espalda, esta total causa de cualquiera. He visto aquí abajo cómo la pasión se maneja con hilos luminosos y luciérnagas mensajeras, cómo los hombres se han amado sobre charcos oscuros como topos de plata, incluso cómo uno, perdida ya la belleza de la juventud, no se arrepiente de tanta adoración, de tanto esperar ridículamente agachado, deliciosamente postrado a que le digan qué hacer, si estrenar el fuego de golpe o dar mordiscos a la nieve. tres: por tanto, el gusto por las cosas inútiles La juventud tiene su origen y continuidad en la aventura. Si quisiéramos seguir siendo jóvenes, no deberíamos dejar de cometer locuras, o, para aquel que la ha perdido, volver a cometerlas. Aunque también sería ridículo pensar que siempre han de tener efectos sobre alguien. Por ello, cualquier adorable acometimiento al tedio debería estar reservado para uno mismo, ceñido a la propia intimidad, al íntimo sentido del gozo, y sin temor a mostrarlo en toda su desnudez. De esta forma, estar convencido de que todas las emociones del mundo merecen la pena es como estar afiliado al fanatismo de producir cosas inútiles, que tiene más relación con el sentido común de lo que se piensa. Así, los creadores que le han dado la misma importancia a su obra que a su vida tienden a tener presente esa juventud en su sentido común, como si le diesen un valor neumático, de manera que toda presión sobre un lado empuja al otro. En consecuencia, aquellos cuyo valor se suele justificar con su obra no han de ser necesariamente los más grandes, y no se cumple siempre, como se sabe, esa falta de coincidencia. Por poner algun ejemplo, vemos que, independientemente de verse en la necesidad vital de escribir De profundis, Wilde tenía ya conciencia de su importancia y notoriedad literaria, de la desafiante belleza de su personalidad y de su poderosa -hasta el último instante de su comprometido proceso social- conducta categórica. En el lado opuesto podríamos colocar antes las obras que los autores: mejor hablar de The cask of Amontillado que de un Poe parapetado tras una enfermiza anomalía de la lógica; o de una falta de deseable sociedad ideal para Bradbury, Wells, Maupassant o Stevenson, entre otros. Desde mi punto de vista pues, los escritores deberían dedicarse a estremecedores asuntos inútiles, a las cosas más importantes aunque no por ello más prácticas. Deben, entre otras cosas, entretenerse infructuosamente en descubrir las causas de lo inexplicable; servir de articulación entre lo visible y lo invisible; medir lo que nadie mide. Así, finalmente, y tal y como escribió Nielsen en Cada cual con su destino (1948), Es difícil moverse por cosas inútiles, tasar una vida sin previsión, darle inusual forma al placer, encontrar a quien entre siempre por el mismo hueco para saber después dónde tapar. De hecho el mundo es el mundo porque hay sueños que jamás concluyen, porque hay quien toma lo preciso de la suerte para herirse con lo bello: lo necesario del tiempo para confinar ficciones; el que toma del drama la escena que no explica causas ni finales ni se rinde a la exigencia de lo comprensible; aquel que no necesita instrucciones para ser asolado o adorado o descubre un mundo que ha sido pagado con la inocencia, con todo aquello que nace sin términos o no se reduce a cantidades. Está el que hace del corazón maniobras de heroísmo solitario, invocadas presencias invisibles, que hace piras de luces pasadas. Está aquel que no le importa contra qué rincones del cuerpo se apagó una llama o en qué lugar se apoyaron los años o dónde los primeros cepos de fuego; alguien que a lo práctico de la vida no le admita condiciones salvo las justificadas por el arte o las que documenta la fortuna, sin matices ni cláusulas ni grises arrepentimientos: tan solo la voz necesaria para recordar. Por eso he entendido siempre que nunca equivale lo inútil vivido a soñar lo que quiere vivirse, que nunca es lo mismo aunque una cosa agote otra, aunque estar a punto de perder asaltos justifique proyectos de desgaste. No es lo mismo porque a todo el mundo le queda un gesto insatisfecho, algún instante feliz y ordenado que la memoria no retuvo, algo que le obligue a morirse sin comprender del todo. © Julio César Jiménez, 2005 |
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