Julio César JiménezMálaga, 1972. 10 novedades en página de portada desde el 27/03/09: ►Elige tu último aniversario, de Raúl Díaz Rosales ► Los lugares públicos, de Franscisco Onieva ► Fallece nuesto amigo y compañero José Antonio Padilla (1975-2009) ► Se presenta la nueva novela de Antonio Lara Ramos, La renta del dolor ► Camilo de Ory y Julio César Jiménez cierran el ciclo Versos y Estrellas ► Julio César Jiménez gana el XVI Premio Ciudad de Las Palmas ► Nuevo número de Robador de Europa ► Homenaje poético a Francisco González Pedraza ► Fallece el poeta, novelista y periodista Juan Manuel González ► Nuevo número de Paradigma dedicado a Lo Femenino [DESLICE HACIA ABAJO] ↓↓↓↓↓↓↓↓↓↓↓↓↓ |
![]() |
|
Encuentro con El Bola (o breve historia de una paliza) [Tema Alguna prosa]![]() No puedo elegir esta violencia interior, Bola.Forma parte de ese peculiar proceso que Wallance Stevens llamó sabotaje a la realidad[1]. Aunque claro, tú no sabes de lo que hablo. Estás demasiado ocupado entendiéndote con tu resuello, poniendo en orden tu organismo, apaciguando el pulso, tu corazón de rata enorme. Aunque insisto; me gusta ese tal Stevens. Es una referencia para quien no sabe con exactitud lo que quiere. Míranos a nosotros, a ti mismo tendido sobre este hirviente paso de peatones. Crees que todo el mundo es demasiado civilizado para ti, que ser el héroe del barrio reporta más felicidad a ti y a tu familia, que ésta —tus hijos y tu esposa—, aplaudirán lo que eres capaz de hacer conmigo, con cualquiera que brevemente te mantenga la vista o te hable con sentido común. Stevens —este tipo del que te hablo— advierte sobre la manera de estar legítimamente furibundo, o, para que me entiendas mejor, sobre la manera de tener éxito resolviendo así, con esta aparente furia inútil, los asuntos que tratas cotidianamente, los que rodean tu vida. Stevens justifica su violencia a la presión de la realidad desde un íntimo lugar de resistencia, desde el centro de uno mismo, desde el momento en que uno decide hacer saltar la piedra de bóveda del templo lógico, desde la misma individualidad artística. Pero tú no me entiendes. Ni siquiera me oyes. Lo único que te interesa aquí, en este instante, alargado sobre esta sartén en el asfalto, sobre esta intersección recién pintada desde la que nunca pensaste tener una perspectiva tan cercana a un parachoques, es el cómo que está pasando esto.El caso, Bola, es que has venido al mundo y, aunque parezca mentira, la gente debería agradecértelo; hasta yo mismo debería hacerlo por ayudarme a comprender qué es lo que pinto en él. René Char —a quien tampoco conoces— decía que lo que viene al mundo para no perturbar nada no merece ni consideración ni paciencia. Pues bien, por lo que tú me ofreces a mí te justificas sobradamente. Eres una suculenta muestra de generosidad, un regalo de tu cuerpo al de otros, una condición sin la cual no podrían seguir siendo lo que, por ejemplo, somos algunos. Pero sigues sin entenderme, y no importa. Basta con que estés por aquí abajo junto a mí, ridículamente pegado a mi clavícula, intimando con mi pecho, aullando como un perro al que le pegaron fuego.Aunque para los transeúntes signifiquemos jácara y diversión (un nudo, por ejemplo, de hormigas ciegas que asa el alquitrán), desde hace unos pocos latidos hemos empezado a obviar el riesgo real de peligro, algo que uno piensa que nunca le ocurrirá. En mi caso solo puedo decir por ahora que me escurro por dentro del mono de trabajo, y en el tuyo que el sudor te cuece el lomo desnudo (recuerda lo que le hiciste a tu camiseta). Alrededor, la vecindad se mantiene alejada, sobrecogida, mirando con curiosidad pero agarrada fuertemente a su rutina. Mujeres y niños, desde las ventanas (recuerda cómo chillaste) no olvidarán nunca la exhibición de hoy, tu discreción de gladiador urbano. Pero atento. De pronto se me viene la suerte encima y saco con el sigilo que permite una situación de este tipo, un método antiguo y exótico que te permitirá oírme mejor, que nos tranquilizará a los dos y hará comprender lo asombroso de nuestra presente situación, mi furia hermosa, el placer de entendernos sin esfuerzo, aquí, en tu barrio, donde nadie me conoce.Este método no dolerá por ahora. Aún no ha llegado a tus codos. Mientras me abro paso hasta ellos pensemos en esa gente que se mata por ahí con comodidad (a tiros quiero decir) o con ayuda de la química. Tú y yo, en cambio, míranos de nuevo: estamos inusitadamente soldados, recuperando una sensación más primaria de la que pueda producir cualquier respetable y original oxímoron, cualquier escurridiza enálage, cualquier inusual unión de signos solitarios en el calor de un hogar, sobre un tranquilo escritorio como sobre el que luego escribiré todo esto. En cualquier caso, ahora, en este solar de fuego, durante el primer notorio declive de mi juventud, desempolvando una velocidad y una pericia no merecedoras ya de mostrarse en público, eres mi más importante poema.Pero volvamos al asunto. Todo te parece ir muy rápido mientras a mí me falta tiempo para disfrutarte (el semáforo, por ejemplo, que no me ayuda ataviándose de verde demasiado pronto). Un claxon nos desata. Te zafas, te levantas. Corres mirando hacia atrás. Te dejas el sudor en mi axila, tu colgante egipcio entre mis dientes, tu discretísimo anillo de oro engastado en la madrevieja. No entiendes que te necesito, que debo hacerte comprender porqué tengo todo el tiempo del mundo para esperar tu disculpa, para que entiendas el sentido de suplicarle perdón a aquella mujer que atropellaste.Huir le hace a uno ridículo (alguna vez, cuando me vea en la ocasión, escribiré sobre ello); de hecho, tus caderas fusiformes te hacen asemejar un pinnípedo. Te observo con delectación, me embriago con tu carrera inútil. Me pregunto qué te dirá el pecho (tal vez que como sigas así, lo descorcharás), qué probabilidades hay de conseguir cobijo en la panadería de la esquina donde conocen a tu mujer, o si consideras la posibilidad de que no te seguiré, es decir, que para qué buscarme una ruina si todo esto podría pararlo una palabra, un signo exterior.Pero todo eso no ocurre, y nos abrazamos de nuevo. Un matrimonio anciano –con quien luego me disculparé- amortigua el encuentro. Esta vez me sorprendo a mí mismo apartando con mi boca tu grasa joven, hurgándote tras los cartílagos, frenando tu corazón con mis manos. Oigo tus pulmones suplicándote aquél verbo de disculpa, tus rodillas, tus manos temblorosas. Pienso en el tiempo que nos permitirán continuar así y te lanzo una teoría: el que lo hayas llevado tan mal desde el principio, que tu apariencia de enorme ogro fuliginoso te haya estado ocultando la mala salud, que te descuidaras comiendo como un cerdo, que te relajaras después de tanto tiempo tragando niños más guapos que los tuyos (tanta carne blanda), o clavando a sus padres en las papeleras, o engalanando tu coche con las denuncias de la administración. No te fijas ya en la cara de la gente, en los que aún no son tan civilizados como para obviar las probabilidades de ruina que tiene el peligro a desenfundar humores.Entonces dejo, como me exige una señora del público, la cháchara a un lado (vaya con la vieja), y sobre la acera, antes de llegar a la panadería, descubro que estoy sobre una montaña de carne. ¿Qué más puedo pedir? La gente —conocerás esta sensación— ladra detrás. Los ancianos, con las caras moradas, enmudecen. Por abajo tu esposa me muerde en un muslo y estruja como puede lo que encuentra; por eso algo explota bajo mi vientre y el dolor —lo sé— me durará toda la noche; un recepcionista de hotel me sujeta por el cuello; fuerzas plurales, al fin, nos transportan por el aire. Pero suplico un minuto más, una última y breve porción de suerte, de paciencia, la suficiente para que entiendas que tú eres el único que se lo estaba tomando en serio, que a mi no me importaba en absoluto la señora atropellada o si la policía no iba a necesitar abrir tu expediente criminal para saber quién eras.A ti, Bola, popular camorrista de distritos, maestro tirapetardos, viejo conocido del juez de menores, espécimen que vino al mundo para perturbarlo, para apagar fiebres extraordinarias..., algo en este mismo instante, aquí mismo sobre estos dos inocentes jubilados, te cruje por dentro. Mírate los codos. Comentarios » Ir a formulario |
Temas
EnlacesNoticias de amigosOtros
|