Julio César JiménezMálaga, 1972. 10 novedades en página de portada desde el 27/03/09: ►Elige tu último aniversario, de Raúl Díaz Rosales ► Los lugares públicos, de Franscisco Onieva ► Fallece nuesto amigo y compañero José Antonio Padilla (1975-2009) ► Se presenta la nueva novela de Antonio Lara Ramos, La renta del dolor ► Camilo de Ory y Julio César Jiménez cierran el ciclo Versos y Estrellas ► Julio César Jiménez gana el XVI Premio Ciudad de Las Palmas ► Nuevo número de Robador de Europa ► Homenaje poético a Francisco González Pedraza ► Fallece el poeta, novelista y periodista Juan Manuel González ► Nuevo número de Paradigma dedicado a Lo Femenino [DESLICE HACIA ABAJO] ↓↓↓↓↓↓↓↓↓↓↓↓↓ |
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Dinosaurios de terciopelo (entrevista a José Infante)![]() I. Sobre los de la especie Ya me había acercado a alguno de estos ejemplares en alguna ocasión. Para quien desprecia el trato con la gente (este mismo, por ejemplo, que escribe aquí), ya es bastante el que esta suerte de conocimientos de luxe le propicien una enriquecedora, inusual y emocionante experiencia. Haber alcanzado, por poner algún ejemplo amigo, las últimas manos temblorosas de Valente José Ángel, las costillas incendiadas de la Alhambra desde el studiolo sagrado de Guillén Rafael, el mismo culo adolescente (ahora ya de mi esposa) que en una ocasión Hierro José alabó entre el tumulto, o el idéntico moridero de Madrid sobre el que Hernández Antonio había tendido su famélico estómago de posguerra, es, sin duda, anécdota para unos y privilegio para otros. Para mí (el de un escritor que no saca nada bueno de escribir) ni una cosa ni la otra: acaso un grato recuerdo que acompaña. II. La cita En los mismos salones del hotel (el que le venda los ojos a la catedral), mientras rumiaba caramelos de recepción, esperé convenientemente mi turno. Los de la prensa ya se marchaban, pero antes de cambiar esa misma tarde de espécimen social y conseguir la conveniente fotografía, le sugirieron qué postura adoptar junto a la luz de la tarde. Como si fuera el último de una manada de paquidermos nostálgicos, a José Infante, mi entrevistado, quien presentaba esa misma noche su último libro de poemas, le fueron tirando a matar con los objetivos. Reveladas mis referencias, pude comprobar que a mi lado, aquel amable hombrecito de negro tapaba al menos el cielo. Con una pequeña mesa de cristal metida entre ambos, nos sentamos frente a frente, con las voces a la misma altura. Entonces pidió al maitre para los dos.
III. Trabajo de campo He tenido suerte en lo que llevo vida. He mordido algunas luces codiciadas por el hombre, acariciado soles, vientres hermosos... ondeado pequeñas leyendas (como bragas de oro o reputaciones de plomo), sostenido con la boca el brillo de otros, asistido a inquietantes confesiones científicas, explicaciones ridículas del mundo, maravillosos segundos bautismos. He asistido a íntimos alumbramientos de niebla, discursos estérilmente prodigiosos, etopeyas catárticas... así hasta dar con este tipo de hombres que, con dos pozos en la cara, le van robando la sombra a las cosas. De ahí que diga que, a mi manera, soy un chico con suerte. Pero a lo que iba: decidí no confesar el no haber leído el libro objeto de nuestro encuentro, aunque por ese extraño pudor que provoca la delicadeza en el trato instruido o, -¿por qué no decirlo?- el que eso no le importara demasiado, no me preguntó. En cualquier caso, y sin que hediese a lisonja, hice entender en algún momento de la entrevista qué tarea tenía reservada para esa misma semana, o incluso qué era lo que, varios años antes (abusando del efecto que un poema diestramente susurrado puede producir en un oído impresionable) le daba a las mujeres: ¿cuántas veces cavé en un escote regalando al oído Eterna rosa, eterna nada?
IV. Cuando habla Algo roto sonaba en su voz manoseada por la desgracia, como un órgano reparado con prisas. Su áspera pero tenue exhibición fonética pulverizaba la vida de la flora en el salón, la de los ojos de algún perro de bolso, o la de los que subían en el ascensor cogidos de la mano. Que yo recuerde, toda ella, en su íntimo esplendor de bruma, era más perceptible cuando no miraba hacia ningún lugar. -Decía Wilde que había dos tipos de escritores: el que sólo se define por su obra y el que lo hace por su vida... -Yo me definiría con el segundo tipo: he antepuesto siempre mi vida a mi obra. Digamos que mi obra es el resultado de mi vida. Totalmente. -¿Haces tuya la famosa frase de Lessing «ante mí tengo toda la eternidad»? ¿Qué valor le das al tiempo? -El paso del tiempo en mi obra es muy importante, yo diría que es el de toda ella; lo que pasa es que este paso del tiempo, según la edad, se siente de una manera o de otra; por ejemplo, en Elegía y no, mi segundo libro, el tiempo está muy presente, a pesar de que ahora, cuando releo algún poema del mismo, veo que en realidad es un sentido del tiempo que no tiene demasiada diferencia con el que tengo ahora. Dicho de una manera muy ingenua, uno está empezando a descubrir lo que significa, ya sin esperanza y sin ningún tipo de paliativo (que siempre en otros libros había tenido algún resquicio, ya podía ser la ironía o el estoicismo ante algo que no se puede variar), pero que ahora en cambio se ve como una cosa que antes de nacer ya la hemos perdido. -¿Tiene que haber un conflicto interior, una especie de conditio sine qua non para que el poeta cree una obra más que digna? -No necesariamente; en realidad hay una poesía del goce. Lo que sí es verdad es que en la literatura española es poco frecuente este concepto; lo que ha habido en todo caso es un conflicto entre la realidad y el deseo, por decirlo con palabras de Cernuda, y una cierta tradición de la literatura del desengaño que pienso que es muy importante (quizá la línea temática más importante de la literatura española) y que indudablemente tiene un referente en Cervantes cuando dice «El tiempo pasa, las ilusiones crecen, y los sueños se desvanecen»; yo la llamo literatura del desengaño, e inunda prácticamente, como digo, toda la literatura española; hay pocos poetas de la alegría y del goce en la poesía española, incluso en la novelística... -¿Y en el paso de una a otra concepción no se percibe en tu caso una cierta brusquedad? -Bueno, podemos decir que mi poesía nace de ese conflicto, de ese contraste entre lo real y lo ideal. A pesar de lo que se pudiera creer, no soy pesimista, aunque estoy de acuerdo con Morabia cuando decía que los optimistas son idiotas; en todo caso yo añadiría que un pesimista es un optimista bien informado. En ese sentido no me parece que una persona con una mediana inteligencia no pueda ser feliz en el mundo (a no ser que sea un inconsciente), y no ya por la vida personal de uno, sino por todo lo que nos rodea; de hecho hay que ser muy inconsciente para ser hoy día feliz, o refugiarse en un caparazón para que no te afecte todo lo que te pasa, aunque tú, en tu vida personal, seas medianamente feliz o estés más o menos conformado o adaptado a las pequeñas parcelas de felicidad. En medio de un discurso de esta clase no hay lugar más seguro para el poeta que el que especula con su propia obra. Infante parecía estar más relajado en su campo, en su opinión acerca de su poética: mientras mi lengua patinaba en los sótanos de mi boca, la suya derrochaba cuerda como una polea recién engrasada. -¿Es el grito de lo tremendo lo que le hace grande a uno? -Puede ser, pero no necesariamente; el grito proveniente de lo tremendo o dirigido hacia él puede quedarse en eso: en un grito; éste tiene que ser expresado de una forma lo suficientemente intensa y profunda para que a mayor aguijón usado, más grandeza se traslada al poema, aunque hay que advertir -insisto- que tal grito se puede convertir en un simple rebuzno. -¿La poesía debe ser una mimesis o una tesis? -Creo que es una mezcla de las dos cosas; de todas formas, toda obra debe ser lo suficientemente abierta como para que invite a la reflexión al lector, que hasta podría ser contraria a la del autor. -¿Y fin o instrumento? -Para mí, instrumento; nunca fin. Y ello porque de alguna forma, y aunque suene pretencioso decirlo, el lenguaje es un don (al igual que lo es la voz para el cantante), incluso a veces no llegamos a saber qué graduación de don tenemos, o hasta qué punto nuestra voz -nuestra palabra- es intensa, algo que solo te vas enterando con el paso del tiempo. El lenguaje poético -al menos para mí- está por encima de cualquier otra cosa. En ese sentido creo que se es poeta por destino, y no por decisión, algo, por cierto, que se nota en la obra de muchos... Por eso creo que la palabra es un don, hasta el punto de decir que el acto de escritura es un tanto sadomasoquista, pues por un lado duele escribir, y por otro, cuando se acierta con el poema no cabe duda de que es una satisfacción (aunque conlleve un proceso doloroso, a veces incluso físico). A este respecto no creo, por ejemplo, que en La casa vacía se diga algo nuevo acerca del dolor, el amor, o la ausencia de éste, mas bien creo, en todo caso, que se trata de una diferente forma de decirlo, ya que en realidad los poetas tienen tan solo tres o cuatro grandes temas de los que hablar. -Se ha escrito bastante sobre tu pertenencia o no a grupos y/o generaciones poéticas, en concreto a la generación del 70 o también llamada «del lenguaje», ¿qué puedes decir sobre este asunto? -Generacionalmente -y eso uno no puede evitarlo por el año en que ha nacido- pertenezco a ese grupo de escritores de los años 60-70, en los que aparecen los «novísimos», y la «generación del lenguaje» (...) pero siempre me he considerado -y así lo he expresado anteriormente- un «poeta-isla». No obstante hay factores en común con la «generación del lenguaje» como son el deseo de libertad de la imaginación, la riqueza del léxico, un cierto culturalismo, un cuidado especial del lenguaje... Sin embargo, nunca me he sentido, por otro lado, parte del grupo de los «novísimos oficiales». En contraste con éstos, los novísimos andaluces, escrupulosamente añadidos por generación, hemos expresado una cultura vivida, y no libresca como es el caso de los autores catalanes. Todos bebimos de Cántico, de Cernuda, de Aleixandre, pero con una diferente lectura; en el caso de Cántico, los catalanes creen que todo en ellos era palabra, sin ahondar en lo que su poesía expresa y lo que su cultura significa, vivida antes que otra cosa: por mucha cultura y preciosismo verbal que aquellos autores tuviesen, el tono autobiográfico es el dominante. Así pues, los catalanes y los valencianos, los llamados nueve novísimos, banalizaron mucho este aspecto de Cántico. -¿Sigues pensando, como ya lo expresaste en otra ocasión, que la ironía y el escepticismo son las únicas formas de subsistencia poética? -Sí, porque si alguna vez pensé que a esas se les pudiera añadir el amor, ahora no lo pienso. Actualmente estoy escribiendo un libro de poemas satíricos, muy duros, que se llama El dardo en la daga -cosa que quizás ahora ya no se hace, pero que se hizo, como sabes, en el siglo de oro-. En ese momento desembarcó en nuestra mesa, intentando ocultar tras un traje plúmbeo Jean Paul Gaultier todo su interior sonrosado, el director del Instituto Municipal del Libro. Tras sus elegantes aspavientos de galán maduro se escondía una genial obra narrativa. Era el verdadero anfitrión, el que traía a Infante, el master del encuentro, el mismo que, atraído por aquel inocente trivial poético, solicitó un turno de pregunta: -(...) ¿Crees que de alguna manera tus poemas son más espontáneos y menos hijos de una época, de un contexto o de una referencia cultural? -Bueno, en concreto, quizá este último libro, La casa vacía, ha nacido de forma muy espontánea, sin preocuparme casi nada de la forma; ha nacido así por la imposición del dolor con el que ha sido escrito. Ya se nos había echado la tarde encima. Sólo faltaba por llegar -y allí estaba ya- el hombre que había firmado mi salvoconducto para estar con ellos. Otro dinosaurio más. Su pulcro sentido de la discreción y aspecto de ciudadano ejemplar no tenían nada que ver, en mi humilde opinión, con el trueno encerrado en su obra. -¿Me da tiempo a sentarme o nos vamos ya? -soltó a la vez que un resuello. Antes de que Infante se recogiera, quise hacerle una última cuestión cuya respuesta esperaba que coincidiera con la mía, como si quisiera legitimarme con un eco. -¿Por qué motivo habría que dejar de escribir? (y con esta frase le advertí el final de mi entrevista) -(...) Desde el momento en que esta actividad no es un deseo, renunciaré a ella cuando cese en mí la necesidad de realizarla. V. El viso del director, la secretaria voluptuosa y el gallinero. Zanjado ya mi cuestionario (no transcritas, por espacio y por deseo de mi interlocutor, la totalidad de las preguntas) e ingeridos los simpáticos bebedizos, nos pusimos los cuatro (yo con cuidado de no ser pisado por una pata suave) en camino del Instituto del Libro, allá al final del Parque. Tras una primera invitación del director a disfrutar desde su despacho una vista privilegiada, y otra segunda de su despabilada y glamorosamente neumática secretaria (no corresponde aquí -aunque quiera- un retrato de la misma) con fin de informarnos de las últimas publicaciones de la institución, todos nosotros, junto a otros tantos admiradores de Infante, pudimos oír al fin, con su propia voz, apretados al fondo de la sala, los esperados poemas de La casa vacía. © Julio César Jiménez, 2006 Comentarios » Ir a formulario
Me sorprendió gratamente esta entrevista cuando la leí en papel; es personal y cómplice, un secreto que se publica y sigue siendo secreto... Hay ironía, información sobre el autor y lo más importante: el entrevistado respira, es él, no el que queremos que sea.
Fecha: 27/01/2007 00:26. |
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