Julio César Jiménez

Málaga, 1972.



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► Nuevo número de Paradigma dedicado a Lo Femenino

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► Ciclo "Versos y estrellas", del C. C. Generación del 27





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Apuntes sobre el estremecimiento (I)

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uno: sobre el destello

            Qué hermoso derroche indagar en los motivos de la creación. Qué admirable, inútil y cansado descubrirlo uno mismo, confesarlo desde la propia experiencia, esperarse a que uno mismo se explique. A medida que crece una mayor despreocupación por el modo de hacerle entender al mundo el significado de lo que se crea, van surgiendo preguntas sobre el

porqué de continuar escribiendo sin una clara causa inmediata, acabando productos a través de un espíritu sin caducidad que no encuentra la fuente definitiva de eso que produce.

            Esta idea, despreciable o no, superada o no, procede, más que de un intestino dictamen, de una situación personal en la que al artista se le acaban los móviles que hasta entonces capturaron su ánimo, bien dormido, bien expectante, de manera que sería capaz de asegurar (si se me excusa emplear este lenguaje altisonante) que tal pensamiento cobra sentido porque se le agotan al ánimo aquellos estímulos más previsibles: lo que sin remedio le deslumbra.

            En cualquier caso, y siendo escrupulosamente realistas, cualquiera podría decir también -y de hecho debería decir- que para un alma impresionable (de las que, por ejemplo, justifican este discurso) no hay demasiadas alternativas contra el destello, salvo cambiar de vida o adorarlo sin condiciones, a pesar de que esos rápidos y felices hallazgos de lo creativo -los frutos literarios, se entiende- no sean sino los intermediarios de lo inescrutable.

            Pero es que estos es lo que hay, pues explicarse a través suyo y confinarse en sus efectos circunstanciales más o menos demoledores manifiesta el anticipo de una incomprensión que ha pisoteado, por citar algún ejemplar, el corazón de un viejo Goethe amando hasta el fin de los años sin comprender que su amada criatura deslumbrante (la joven Ulrika von Levetzow, constituida como mero objeto alejado de unos ojos creadores que la iluminen) no tuvo nada que ver ni con el producto lírico resultante (una sorprendente y categórica Elegía de Marienbad) ni con el objeto adorado en el poema (la descripción de unos valores femeninos que no necesariamente han de tener fiel reflejo con los de la amada) mostrado al resto del mundo (los lectores).

            En este punto cabe hablar de un creador sin fin, de uno que ostente un producto inacabado con un espíritu -conditio sine qua non- incansable, granítico. Y el espíritu, esta peculiar ánima, germina a partir de un momento de quiebra de la centelleante causa tópica, cercana, previsible, o lo que es lo mismo, cuando toma relevo en el momento creativo esa templada reflexión que no puede explicarse porque alberga todo amor, sea pasado o futuro, aristotélico o platónico, y ya no abrace clarores que no habiendo languidecido ayer, ahora lo hacen frente a una propensión hacia la creatividad incondicional a prueba de todo deseo en bruto, del labio que, retador, sitia antes al corazón que a la obra.

dos: hay que tener algo de suerte

            Teniendo algo de ella, con criaturas estelares termina uno topándose. Se va rodando por ahí hasta que se encuentran, hasta que un delicioso ideal suspirado se pone al alcance de las manos. En ese tirante ángulo de la vida, embriagador instante en el que se apresura uno a desempolvar algún frágil proyectil fascinador, se encuentra la oportunidad de una nueva fortuna, tal vez la mejor ocasión para definirse a uno mismo. Por el contrario, hay ocasiones en las que vemos cómo algunos esperan exclusivamente a que la vida les ponga boca arriba sus secretos, ignorando que el más grande de esta reside en buscarlos, en buscar su belleza bruta. Aceptarla como gran oportunidad podría traducirse para el desafortunado en un exquisito sufrimiento de frustración, y para el estúpido en el de la avidez, pues al igual que ocurre con el agraciado, el héroe y el opulento, a aquellos también les son reveladas las mismas oportunidades; la diferencia se encuentra en que estos últimos, capaces de cometer los pecados mas maravillosos y la proezas más inservibles (pero las más necesarias), pueden dejar de vivir en una incesante renuncia de sí mismos. Así que, para no dejar de ser franco, uno tendría que reconocer que siempre necesitará una pequeña oportunidad de maniobra incluso con independencia del esfuerzo por convertirla en propiedad (la propiedad que, naturalmente, está contenida en la adoración). El poeta danés Julius Nielsen, republicano, compañero de andanzas de Stephen Spender en sus viajes por la España septentrional en la guerra civil, confiesa haberse enamorado en el peor de los tiempos, aunque su poco agraciada figura le impidiese finalmente ser mejor correspondido. Confeccionar entre zanjas pequeñas hazañas poéticas dirigidas a un amor indolente ya es bastante para alcanzar el placer perfecto (en el caso de que este consista en todo aquello que, siendo exquisito, le deje a uno insatisfecho). De noviembre de 1936 data este poema, que, aunque algo extenso, merece la pena recoger:

En estas calles cavan trincheras de fuego.

Al llegar el invierno aíslan los cimientos de las casas

y levantan candentes adarves contra un helor que descorteza rostros

y troncha llamas.

Se reúne la gente y troquelan los restos del ocaso.

Lo talan para que encaje sobre los tejados,

para que sigan teniendo memoria de cielo.

Por eso cuando uno llega aquí por vez primera

y ve todo este espectáculo hecho por los hombres

entiende porqué la sangre se le desenfunda

en un íntimo desmantelamiento de los ojos,

porqué el cuerpo no solo se le descose desde fuera.

Entonces yo era el que llegó aquí, y reconozco ahora

no haber visto nunca tanto invierno plegándose hacia sí,

tanto de él albergando cualquier recuerdo de calor

que explique la historia de algunos cuerpos privilegiados.

No lo he visto porque aquí mismo, donde el fin del mundo,

donde el frío nace y las piedras representan las entrañas de la nieve,

donde la naturaleza no ofrece asideros geográficos

y la geometría del amor carece de vértices,

donde nunca ha tenido nadie que demostrar tanto para ser amado,

jamás le pusieron tantas condiciones de espesura a una palabra irreversible,

a unas manos como estas que no saben soltarse del todo.

Así es que, por todo esto y todo lo que no sabré jamás,

por detener la juventud con la duda del que apuesta con todo,

por quedarme aquí después de volver al lugar de donde vine

o hacer de una gran caída pequeñas acrobacias lingüísticas,

por bajar a este bello y devastador origen del invierno,

a estas galerías con teseos perdidos y minotauros desmemoriados,

he traído mis propiedades más hermosas e inútiles:

algo para escribir que me soporte a mí y al tiempo

y a esta criatura solar sobre mi espalda, esta total causa de cualquiera.

He visto aquí abajo cómo la pasión se maneja con hilos luminosos

y luciérnagas mensajeras, cómo los hombres se han amado

sobre charcos oscuros como topos de plata, incluso cómo uno,

perdida ya la belleza de la juventud, no se arrepiente

de tanta adoración, de tanto esperar ridículamente agachado,

deliciosamente postrado a que le digan qué hacer,

si estrenar el fuego de golpe o dar mordiscos a la nieve.

tres: por tanto, el gusto por las cosas inútiles

            La juventud tiene su origen y continuidad en la aventura. Si quisiéramos seguir siendo jóvenes, no deberíamos dejar de cometer locuras, o, para aquel que la ha perdido, volver a cometerlas. Aunque también sería ridículo pensar que siempre han de tener efectos sobre alguien. Por ello, cualquier adorable acometimiento al tedio debería estar reservado para uno mismo, ceñido a la propia intimidad, al íntimo sentido del gozo, y sin temor a mostrarlo en toda su desnudez. De esta forma, estar convencido de que todas las emociones del mundo merecen la pena es como estar afiliado al fanatismo de producir cosas inútiles, que tiene más relación con el sentido común de lo que se piensa. Así, los creadores que le han dado la misma importancia a su obra que a su vida tienden a tener presente esa juventud en su sentido común, como si le diesen un valor neumático, de manera que toda presión sobre un lado empuja al otro. En consecuencia, aquellos cuyo valor se suele justificar con su obra no han de ser necesariamente los más grandes, y no se cumple siempre, como se sabe, esa falta de coincidencia. Por poner algun ejemplo, vemos que, independientemente de verse en la necesidad vital de escribir De profundis, Wilde tenía ya conciencia de su importancia y notoriedad literaria, de la desafiante belleza de su personalidad y de su poderosa -hasta el último instante de su comprometido proceso social- conducta categórica. En el lado opuesto podríamos colocar antes las obras que los autores: mejor hablar de The cask of Amontillado que de un Poe parapetado tras una enfermiza anomalía de la lógica; o de una falta de deseable sociedad ideal para Bradbury, Wells, Maupassant o Stevenson, entre otros.

            Desde mi punto de vista pues, los escritores deberían dedicarse a estremecedores asuntos inútiles, a las cosas más importantes aunque no por ello más prácticas. Deben, entre otras cosas, entretenerse infructuosamente en descubrir las causas de lo inexplicable; servir de articulación entre lo visible y lo invisible; medir lo que nadie mide. Así, finalmente, y tal y como escribió Nielsen en Cada cual con su destino (1948),

Es difícil moverse por cosas inútiles, tasar una vida sin previsión,

darle inusual forma al placer, encontrar a quien entre siempre

por el mismo hueco para saber después dónde tapar.

De hecho

el mundo es el mundo porque hay sueños que jamás concluyen,

porque hay quien toma lo preciso de la suerte para herirse con lo bello:

lo necesario del tiempo para confinar ficciones; el que toma del drama

la escena que no explica causas ni finales ni se rinde a la exigencia de lo comprensible;

aquel que no necesita instrucciones para ser asolado o adorado

o descubre un mundo que ha sido pagado con la inocencia,

con todo aquello que nace sin términos o no se reduce a cantidades.

Está el que hace del corazón maniobras de heroísmo solitario,

invocadas presencias invisibles, que hace piras de luces pasadas.

Está aquel que no le importa contra qué rincones del cuerpo se apagó una llama

o en qué lugar se apoyaron los años o dónde los primeros cepos de fuego;

alguien que a lo práctico de la vida no le admita condiciones

salvo las justificadas por el arte o las que documenta la fortuna,

sin matices ni cláusulas ni grises arrepentimientos:

tan solo la voz necesaria para recordar.

Por eso he entendido siempre que nunca equivale lo inútil vivido a soñar lo que quiere vivirse,

que nunca es lo mismo aunque una cosa agote otra,

aunque estar a punto de perder asaltos justifique proyectos de desgaste.

No es lo mismo porque a todo el mundo le queda un gesto insatisfecho,

algún instante feliz y ordenado que la memoria no retuvo,

algo que le obligue a morirse sin comprender del todo.

© Julio César Jiménez, 2005

15/01/2007 19:44 Autor: Julio. #. Tema: Alguna prosa.

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